Este martes se cumplen 90 años del fusilamiento del poeta y dramaturgo español Federico García Lorca, ejecutado por los falangistas la madrugada del 18 de agosto de 1936 en un descampado cerca de Víznar, Granada, en plena Guerra Civil española.
García Lorca fue asesinado junto al maestro Dióscoro Galindo y los toreros anarquistas Juan Arcoyas y Francisco Galadí. Sus cuerpos fueron enterrados en una fosa común cuya ubicación exacta se desconoce hasta hoy.
El poeta había llegado a Granada el 14 de julio de 1936 para instalarse en la casa de sus padres, contra el consejo de sus amigos, que le advertían del peligro ante la inminencia del golpe de Estado. También rechazó las ofertas de los embajadores de Colombia y México, que le ofrecieron exiliarse en América.
La derecha española, en especial los falangistas, lo tenía en la mira por haber creado «La Barraca», un grupo de teatro itinerante que llevaba obras del Siglo de Oro a los campesinos, y por su apoyo a la República. A esto se sumaba su homosexualidad, considerada criminal por los insurrectos.
El 16 de agosto, Ramón Ruiz Alonso, un exdiputado de ultraderecha, lo detuvo en casa de su amigo Luis Rosales con una orden que lo acusaba de ser «espía ruso, homosexual y secretario del ministro republicano Fernando de los Ríos». Ruiz Alonso gritó que el autor de «Bodas de Sangre» había hecho más daño a España «con la pluma que otros con la pistola».
Los hermanos Rosales intentaron conseguir su liberación, pero cuando presentaron la orden les respondieron que el detenido ya no estaba allí. No volvieron a verlo.
Tras el asesinato, el abogado falangista Juan Luis Trescastro dijo en una taberna de Granada: «Acabamos de matar a Federico García Lorca, y el tiro de gracia se lo he dado yo».
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