Durante medio siglo nos contaron la historia al revés. La historia oficial no fue para entendernos, fue para atornillarnos. Y en esa operación, hubo un pedazo que borraron a propósito: el Quinquenio 1949-1954.
El famoso Quinquenio Colorado. Lo hicieron desaparecer porque no les convenía que se supiera qué había antes de Stroessner.
El libro de J. Bernardino Méndez Vall, hijo de Epifanio, viene a levantar esa alfombra. Y lo hace con una idea que te obliga a discutir: divide nuestra historia en cuatro patadas.
Primero, la Independencia y el Estado Soberano, el de Francia y los López, de 1811 a 1870, destrozado en la Guerra de la Triple Alianza que, dice él, financió la banca inglesa. Segundo, la etapa neocolonial: deudas usurarias – la última cuota se pagó recién en 1960 -, remate de tierras públicas, anarquía, y ahí nacen en 1887 el Partido Liberal y el Colorado. Tercero, el Quinquenio Colorado y la traición stroessnista.
Y cuarto, lo que nos queda hoy: el sistema neostroessnista. El que todavía nos respira en la nucaEn el medio de todo eso está él. Carai Epí. Epifanio Méndez Fleitas.
Nació el 7 de abril de 1917 en San Solano, Itapúa. Hijo de Doña Rosa Catalina Fleitas, hija de un combatiente de la Guerra Grande, y de Don Prudencio Méndez, perito en maderas y descendiente de Francisco de Paula López.
El padre, según el propio Epifanio, era «un maestro natural en materia social y política, un republicano ortodoxo y socialista democrático».
No se hizo político en un comité. Se hizo bajo el techo de su casa, donde su padre armaba asambleas obreras. A los 15 años ya era Secretario del Sindicato de Empleados y Obreros de la Maderera Pons Hnos. Caminaba una legua todos los días para ir a la escuela en San Pedro del Paraná.
Y a esa misma edad se fue a la Guerra del Chaco, con sus tres hermanos mayores.
De noche, de 8 de la noche a 6 de la mañana, era telefonista en Villarrica. De día, hizo el bachillerato en dos años y sacó sus primeros libros de poemas: Sueños de Adolescente y Bajo la Verde Arboleda. Fue presidente del Centro Unión Estudiantil, llegó a Asunción en 1938 para estudiar Derecho y la militancia colorada no le dejó terminar. Primer exilio.

Su mochila ideológica, como él decía, era clara: el coloradismo social de Blas Garay e Ignacio Pane, el nacionalismo cultural de Manuel Domínguez y Natalicio González, y la tesis democrática y ética de Juan León Mallorquín y Guillermo Enciso Velloso. Desde la Revista «Cultura» peleó contra la corriente filo-fascista que mandó en el país de 1940 a 1947.
Enciso Velloso lo definió en 1949, en el prólogo de Batallas por la Democracia, sin anestesia: «Epifanio Méndez se ha conquistado merecidamente la persecución y el odio de los Enemigos del Coloradismo y del orden jurídico-democrático. Es quizá, en el Paraguay, el hombre más odiado por todas las tendencias y grupos oligárquicos…»
La noche del pino
Hay una escena que cuenta Don Víctor Morínigo, el principal dirigente de la reacción civil del coloradismo, en el libro Conversaciones Político-Militares de Alfredo Seiferheld.
Es la noche del 12 de enero de 1947. Crisis total.
Morínigo relata: «Epifanio Méndez llegó a eso de las 22 horas, acompañado de otro (que resultó Alfirio Canata), y se quedó a esperarme debajo del pino que se levantaba frente a casa, en el patio delantero.
Epifanio me repitió, por enésima vez ese día, el mismo clamor de todos: que estábamos a tiempo para reaccionar, y que él contaba con 500 correligionarios».
¿Tienen armas?, le preguntó Morínigo. No tenían. Sobran hombres, faltan armas.
Cuando Epifanio ya bajaba la escalinata, a las 22:30, Morínigo lo llamó de nuevo: «Con toda reserva y la mayor celeridad, reúna 25 hombres jóvenes, enérgicos y correctos, y a las 24 horas llévelos a la Policía, a disposición del Cnel. Rogelio Benítez».
«La faz de Epifanio se iluminó, y sin requerir mayores detalles se volvió como una saeta hacia la calle, seguido al trote por su compañero. Los hombres reunidos por Epifanio fueron los que colaboraron con la Policía para proceder al apresamiento de los elementos adversos al Coloradismo en la madrugada del 13 de enero…»
El rescate de un cadáver político
El atraco a la Convención de noviembre de 1947, donde la Junta Legítima fue borrada y sustituida por otra guionada, partió al Partido Colorado en dos. A Epifanio le dolió en lo personal: al elegir el sector democrático, rompía con dos de sus maestros, Natalicio González y el propio Morínigo.
De ahí en adelante fue violencia, conspiración y cárcel. Los intentos fallidos del 12 de marzo, del 20 de abril y del 25 de octubre de 1948, este último liderado por el General Carlos Montanaro, que casi lo lleva al paredón y terminó con 100 oficiales presos.
Y acá entra la parte más dura del libro: Stroessner.
Méndez Fleitas le contó a Paul H. Lewis, autor de Paraguay bajo Stroessner (1980): «Por primera vez los traté personalmente a Stroessner durante la revolución de 1947, en casa del entonces Capitán Toranzos».
El 25 de octubre de 1948, Stroessner, que tenía que conducir la Artillería, abandonó y rajó al exilio. Quedó como un cobarde. Los militares que cayeron presos no lo podían ni nombrar. En los bares, cuenta Epifanio, se pedía en joda: «un bife Stroessner» (sin huevos), o «un bife Montanaro» (con tres huevos). Le decían de todo: traidor, vendido, cobarde.
En ese pozo, cuando nadie le atendía el teléfono a Stroessner, de octubre del 48 a febrero del 49, el único que le puso el hombro fue Epifanio.
Fue él, escudado en algunos oficiales que todavía creían en Stroessner, el que forzó su inclusión en el movimiento triunfante del 26 de febrero de 1949, el que llevó al poder a Felipe Molas López. Nadie más lo quería. Ni José Zacarías Arza, ni Molas López, ni los presos del 25 de octubre. Stroessner tuvo que asilarse en la Embajada de Brasil para que no lo lincharan.
Y aquí Epifanio deja la frase que da nombre a todo el libro, Crónica de una traición, una frase que estremece:
«No se lo he reclamado nunca, no permita Dios se lo haga jamás; no se lo he recordado ni cuando necesitaba asistir en su agonía a mi mejor amigo, mi padre. Lo he reservado, exclusivamente, para la historia… Esa conducta mía era la única lógica congruente para esa época… Pero el hecho fue que no me tomé descanso hasta prender de nuevo una luz en su camino, en su noche triste».
Esa luz que prendió le quemó la vida. Lo condenó al destierro perpetuo. El régimen que él ayudó a levantar del suelo, del desprecio universal, terminó satanizándolo y persiguiéndolo hasta el final.
Hoy, leer este libro no es nostalgia. Cuando la Comisión de Verdad y Justicia te pone en la cara que hubo 119.173 detenidos, 18.772 torturados y 2.016 desaparecidos bajo Stroessner, entendés por qué ese tumor del autoritarismo, del Estado prebendario, de la élite de contrabandistas y latifundistas, sigue haciendo metástasis en este Paraguay nuestro.

Deja una respuesta