Selva, noche, luna, pena en el yerbal… con el canto triste del pobre mensú
Es El Mensú, de Ramón Ayala. Todos la tarareamos. Todos imaginamos el látigo.
Claudia también la tenía en la cabeza. Era estudiante de Filosofía en la UNE. Llegó a Hernandarias con su cuadernito, su grabador, con esa idea que nos metieron en la escuela, que el yerbal era el infierno verde y que todos eran mensúes.
Y en el Museo Tacurú Pucú, un señor mayor, Don Leslie Villanueva, que atiende el lugar con su hijo Juan, la miró con cariño y le dijo como se le habla a una hija:
«Lo primero que le voy a decir, mi hija, es que aquí no los llamábamos mensúes».
Claudia se quedó en silencio. Porque si no eran mensúes, ¿quiénes eran?
«Eran tareferos», le dijo. «Cobraban por tarea, no por mes. O mineros, porque la selva era tan tupida que trabajar bajo los árboles era como estar dentro de una mina».
Y después le dijo algo que a mí, como periodista, me quedó grabado: «Eso otro que usted busca, lo del látigo y los gritos… eso es más bien literatura».
Literatura. No mentira. Literatura. Una historia hermosa y triste que tapó a la gente de verdad.
Ahí es donde nace la reivindicación que busca Claudia Ortiz en este libro que hoy nos entrega Intercontinental Editora. Y es bien humana.
Ella no quería hacer un libro para la universidad. Quería devolverles el nombre. Porque cuando te cambian el nombre, te cambian la historia.
Ese mismo día le mostraron un tesoro humilde: una fotocopia gastada del manuscrito de la historiadora Margarita Miró, que en los 90 se había sentado, como ella ahora, en las cocinas de la gente vieja para escuchar. Y esos viejos decían lo mismo que Don Villanueva.
Lo que era un Trabajo Final de Grado se volvió misión personal: rescatar y difundir la otra memoria silenciada por la fuerza de la leyenda.
Acompañada por guardianes de la memoria local como Ricardo Samudio y Edward Melgarejo, se fue a la casa de los últimos testigos. A escuchar sin prejuicios. En castellano y en guaraní, en la cocina de cada uno, en clima de confianza. Entre julio y agosto de 2019, y volvió en 2025 porque las voces se estaban apagando y no había tiempo que perder.
¿Qué quiere reivindicar Claudia?
No niega que hubo sufrimiento. Hubo vales que eran la única plata. Hubo un decreto que vendió la selva fiscal. Hubo una empresa, La Industrial Paraguaya, fundada en 1887, que recibió miles de hectáreas por cien años y cuando se fue dejó un desierto.
Hubo todo eso. Pero hubo también otra cosa que la literatura no contó.
Hubo hombres que se sienten orgullosos de su oficio. Que te muestran las manos. Que te dicen: yo no era mensualero, yo era tarefero.
Y hubo, mucho antes, una historia que los abuelos guaraníes contaban: que la yerba no nació para ser vendida. Nació como regalo. Que Pa’i Sumé, que para ellos es Santo Tomás, se las dejó antes de irse por el río. Que por eso hasta hoy, el primer sorbo se le ofrece a él.
La yerba fue bendición antes que infierno.
Y el infierno verde del que tanto hablamos, el de verdad, no era verde. Era de papeles firmados en Asunción.

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