Por Nery Peña
En tiempos donde la confianza en el sistema jurídico paraguayo se encuentra en tela de juicio, la magistrada propone volver a lo esencial. Lo hace con un análisis exhaustivo de la ética en la casa de la diosa Astrea, con prólogo del jurista argentino Luis Rodolfo Vigo, una de las máximas autoridades en ética judicial a nivel iberoamericano.
Lejos de ser un tratado abstracto, el libro, de más de 450 páginas, es lo que su subtítulo indica: un esbozo práctico. Y esa es su principal novedad.
«La confianza en el sistema de justicia es un pilar cardinal para la consolidación del Estado de Derecho y la estabilidad democrática», advierte la jueza Yambay en su Introducción. «La justicia va más allá de la simple aplicación de leyes, requiere una conducta ejemplar, que testimonie los valores éticos y genere confianza plena».
De lo general a lo concreto
El doctor Vigo, en el prólogo, destaca justamente el método. La obra no empieza directamente con el código. Primero se pregunta qué ética asumir. Y lo hace a propósito.
«Si se asume una perspectiva no objetivista resulta muy difícil asumir un Código de Ética que prescriba o prohíba ciertas conductas», escribe el doctor Vigo. Para el prologuista, sin esa base filosófica, cualquier código podría ser descalificado como una acusación de «paternalista» a quien cuestione la ética del otro.
En los primeros capítulos se analiza la ética como saber práctico y normativo, su diferencia con la moral y el Derecho, y se repasan las grandes teorías —desde el escepticismo y el relativismo hasta el objetivismo ético— para contextualizar por qué la toma de decisiones judiciales debe ser justa e imparcial.
En los capítulos siguientes se entra al núcleo de la ética judicial. Se definen sus fundamentos —la conciencia y el comportamiento— y se desglosan los principios que rigen la investidura judicial, tomando a dos referentes: a los doctores Vigo y Sancho Gargallo. Allí aparecen los pilares que todo juez conoce, pero que aquí se desarrollan a fondo: Independencia, Imparcialidad, Integridad, Prudencia, Formación y capacitación, y Dedicación responsable y buen trato.
En los dos últimos capítulos se estudia el Modelo Iberoamericano de Ética Judicial y el Código de Bangalore, y se disecciona íntegramente el Código de Ética Judicial de la República del Paraguay: sus destinatarios, los deberes del juez con los abogados, con sus colegas, con los otros poderes del Estado y con los medios de comunicación, y toda la parte orgánica —el Consejo Consultivo, el Tribunal de Ética Judicial y el Juicio de Responsabilidad Ética.
Si los primeros cinco capítulos le dan solidez, el sexto le da actualidad absoluta: el desarrollo tecnológico y la ética judicial. La autora jueza de larga trayectoria aborda dos frentes que hoy está bajo la atenta mirada de la Corte Suprema: el juez y las redes sociales, y la Inteligencia Artificial en el servicio de justicia, con el análisis de la Recomendación de la UNESCO sobre Ética de la IA.
Cada capítulo cierra con «Reflexiones», preguntas que obligan al lector a tomar postura. Es el recurso pedagógico que explica el subtítulo de la obra.
En los Anexos, la jueza Yambay compila los textos completos: el Código Iberoamericano, los Principios de Bangalore, los Códigos de Ética del Ministerio Público y de la Defensa Pública, el Código Paraguayo, el Reglamento de la Oficina de Ética Judicial, el Estatuto del Juez Iberoamericano y el Código de buen gobierno del Poder Judicial, entre otros.
En la mitología, Astrea, diosa de la justicia, fue la última inmortal en abandonar la Tierra cuando la corrupción se hizo norma. La pregunta es inevitable: ¿Quo vadis, Astrea? ¿Hacia dónde va nuestra justicia?
La jueza Yambay responde que Astrea solo vuelve si la ética deja de ser un papel en un cajón y se vuelve cultura.
Y ahí, inevitablemente, resuena Amaury Pérez Vidal. Porque la ética judicial, como la vida, también es un acto de resistencia, parafraseando su himno «Creceremos», que lo cito como horizonte:
No lo van a impedir, del valle al cielo,
ni reyes del honor, ni periodistas,
ni antiguos comediantes, ni embusteros,
ni estudiantes de leyes, ni alquimistas.
No lo van a impedir los generales,
ni adorables doncellas pervertidas,
ni apelables procesos judiciales,
ni perros, ni cometas, ni suicidas.
No lo van a impedir ni prohibidos,
ni novios convencidos y hechiceros,
no lo van a impedir las soledades
a pesar del otoño…
¡Creceremos!
Creceremos porque, a pesar de los fallos que duelen, de las togas manchadas y de los expedientes cajoneados, hay una generación de jueces, fiscales y abogados que entiende que la excelencia no se decreta, se practica.
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