Ricardo Valenzuela invita a examinar el corazón: «El problema no es la semilla, sino el terreno donde cae»

Durante su homilía de este domingo en la Basílica Santuario de Nuestra Señora de los Milagros de Caacupé, monseñor Ricardo Valenzuela centró su reflexión en la parábola del sembrador e instó a los fieles a preguntarse «qué tipo de terreno somos» para recibir la Palabra de Dios.

Para introducir el mensaje, relató una historia sobre un hombre que ingresó a una tienda con un cartel que decía «Vendemos felicidad». Al ser atendido por un ángel y pedir dinero, amor, serenidad, salud y prosperidad, recibió una inesperada respuesta: «Aquí no vendemos productos procesados, solamente semillas».

A partir de esa analogía, explicó que Jesucristo utilizaba ejemplos sencillos de la naturaleza para transmitir enseñanzas profundas y recordó que, en la parábola del sembrador, algunas semillas caen en el camino, otras en terreno pedregoso, otras entre espinas y solo una parte encuentra tierra fértil para dar fruto.

Valenzuela sostuvo que la diferencia no radica en la semilla, sino en la disposición de quien la recibe.

«No es problema de la semilla, que tiene potencia de germinar y dar fruto; el problema es el terreno donde cae la semilla: nuestro corazón», expresó.

El obispo también describió distintos perfiles de personas representados en la parábola. En primer lugar, mencionó a quienes reciben el mensaje de manera superficial, a quienes calificó como personas que viven pendientes únicamente del poder, el dinero, el placer o el éxito, dejando de lado valores como la honradez, el trabajo, la fidelidad y Dios.

Posteriormente, habló de las personas inconstantes, que se entusiasman con facilidad pero abandonan rápidamente sus compromisos por falta de voluntad, madurez y perseverancia.

Finalmente, se refirió a quienes viven absorbidos por las preocupaciones cotidianas y el ritmo acelerado de la vida, sin encontrar tiempo para el crecimiento espiritual.

Con su reflexión, Valenzuela llamó a los creyentes a examinar su propio corazón y a convertirse en «tierra buena», capaz de acoger la Palabra de Dios y dar frutos en la vida cotidiana.


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